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El «extraño» de San José

En la primera cita con la psicóloga las manos de Gerardo parecían una batidora frotándose entre sí y casi chorreaban agua por la transpiración nacida del nerviosismo. Con sus 31 años le daba mucha vergüenza contar aquello y encima a una mujer.

Tenía la certeza de que loco no estaba, porque así se lo habían confirmado casi entre risas los dos psiquiatras que por cuenta propia consultó temiendo haberse rayado. Fueron ellos los que le sugirieron bajar el estrés y, como alternativa, visitar a un psicólogo.

Lo primero que le contó a la profesional, fue que hacía un tiempo atrás, mientras con su mujer y su hijito Miguel miraban el desfile de carnaval parados en la esquina de las calles Batlle y Ordoñez y Artigas, en pleno centro de San José de Mayo, tuvo esa sensación rara que da cuando sentimos “que nos llaman con la mirada”.

Gerardo, que tenía a Miguelito sobre sus hombros, apartó por un instante la vista del jeep que llevaba a las reinas y miró, primero para su lado izquierdo: nada; después para el derecho: nada; hasta que finalmente, al querer fijar nuevamente sus ojos al frente, se topó mirada con mirada con un hombre cuya cara le resultaba familiar, aunque no se daba cuenta con certeza de quién se trataba.

El tipo al que apenas se le veía el rostro y parte del cuerpo lo miraba con gesto tranquilo, manso, pero cuando dibujó una sonrisa que dejó ver sus dientes amarillentos Gerardo sintió que un frío intenso le corría por la espalda, apretó el culo y en ese estremecimiento no advirtió que le estaba sujetando demasiado fuerte las manos a su hijo. Precisamente fue el grito del niño por el dolor lo que hizo que apartase la mirada del frente por un instante, tiempo ínfimo que bastó para que aquel tipo desapareciera entre la multitud.

-“¡Es el mismo!”- se dijo para sus adentros Gerardo. – “Estás palidísimo, ¿te sentís bien? – le preguntó la esposa, recibiendo por respuesta un: – “Sí, sí, me maree un poco por el calor”.

Era verdad, aquella noche de febrero fue calurosa, pero Gerardo no estaba mareado, se había cagado hasta las patas. Estaba seguro que aquel tipo era el mismo que lo había aterrado en su adolescencia, cuando por primera vez lo vio en la salida del Estadio después de ir a un partido de la selección de San José contra Colonia por el Campeonato del Sur. Aquella noche, de la que ya casi habían pasado 20 años, Gerardo estaba con su amigo Javier esperando a Nacho y Efraín, otros dos pibes de su barrita que en ese momento habían ido por un par de litros de vino suelto para ir tomando camino al barrio.

Ellos habían sido de los primeros en salir, en realidad, como el equipo de San José perdía y era imposible que diera vuelta el resultado, se fueron unos minutos antes,  se sentaron en uno de los canteros afuera del estadio, y mientras esperaban a sus amigos y al vino que ellos traerían, se colgaron a mirar la cola de gente que no paraba de salir. En eso Gerardo quedó como hipnotizado mirando a un tipo que estaba parado pero del otro lado de la fila, por lo que podía verlo de manera intermitente. El tipo lo miraba fijo y en determinado momento le sonrió de una manera rarísima, una sonrisa como del Guasón pero que transmitía más miedo. – “¡Ahí vienen!”- dijo sorpresivamente Javier que se incorporó como con un resorte en el orto cuando vio el color morado del vino tambaleándose en la botella plástica de dos litros y cuarto. Gerardo miró para donde señaló Javier y al querer retomar el contacto visual con aquel desconocido de sonrisa perturbadora ya no lo pudo hacer, el tipo se había como esfumado entre la fila de gente que como río seguía saliendo silenciosa, casi fúnebre, por la derrota de la selección “blanca”.

Después de eso soñó varias veces con el desconocido, más bien eran pesadillas, le transmitía miedo o algo parecido a eso cada vez que sonreía dejando ver una dentadura asquerosa. Aquello era rarísimo. Tuvo que pasar mucho tiempo para que desapareciera de su memoria, y cuando aparentemente el recuerdo de su imagen se había borrado por completo, reapreció en aquella noche de febrero, con el rostro exactamente igual a como estaba hace años atrás, bastándole una sola sonrisa de fracciones de segundos para convertir el colorido carnaval en una estampa gris.

-¿Y cómo era? – preguntó con un interés llamativo la psicóloga. La respuesta de Gerardo también la inquietaría a ella…

– Es menudito de cuerpo, con el pelo corto y medio encorvadito, y te mira de una manera rara, como que te hipnotizara; fuera de eso parece un tipo normal, pero tiene como una energía que te llama la atención, pero lo más feo es cuando sonríe- respondió Gerardo mientras hacía una arcadita similar a la que hacen los bebés cuando los obligan a lamer un gajo de limón.

La psicóloga escuchó con suma atención, y a medida que la descripción de Gerardo profundizaba en detalles se inquietaba más y más. Apenas tuvo la oportunidad redondeó la cita, se despidió de su paciente, cerró la puerta y se dejó caer sobre un pequeño sofá que tenía en su consultorio. Por más psicóloga recibida en la Universidad de la República que fuera no podía creer lo que había escuchado. La descripción dada por Gerardo era idéntica a la de una paciente joven que había tenido casi siete años atrás, caso que en aquel momento tanto le había llamado la atención: un hombre extraño que los mira entre la gente, petizo, veterano y con una sonrisa que eriza la piel haciendo sentir como se hiela el espinazo por la sensación de terror que con ella provoca.

La psicóloga volvió a prestar atención al resto de mundo recién cuando sintió que las campanas del reloj de la Basílica Catedral de San José marcaban las cinco de la tarde. Después de eso esperó con ansias una semana para reencontrarse con Gerardo y seguir así ahondando en el asunto, pero se frustró cuando llegado el día él no apareció. Lo llamó varias veces para saber por qué no estaba yendo a terapia pero nunca recibió respuesta. Después de eso se lo cruzó muchas veces en diferentes puntos de San José de Mayo pero no conversaron, a lo sumo se saludaban cabeceando, pero al consultorio Gerardo no volvió más.

Con esto la incertidumbre de la psicóloga fue creciendo más y más; leyó libros, decenas de artículos académicos en Internet y miró muchos videos para ver si encontraba alguna explicación coherente a aquello que en términos racionales solo sería una extraña coincidencia. Extrañamente ella, más que por psicóloga por su intuición femenina, sabía que algo no cerraba entorno a las vivencias descritas por sus pacientes.

Desde aquello tuvieron que pasar seis meses para que otro dato terminara por descolocar totalmente a la profesional.

Fue en un simposio de psicólogos cumplido en Montevideo y del que participaban profesionales de esa rama provenientes de todo el país y donde disertarían reconocidos exponentes tanto de Uruguay como de toda la región. Uno de esos expositores era un viejo licenciado que si bien era y vivía en Montevideo, durante mucho tiempo atendió en su consultorio de San José de Mayo. Las pausas para el almuerzo eran aprovechadas por los asistentes para tratar de colarse en alguna mesa para estar cerca de esos grosos de la profesión.

La psicóloga de San José que había atendido a Gerardo meses atrás fue una de las afortunadas en el segundo día de actividad. Había quedado parada sin saber dónde sentarse y al advertir ésto su afamado colega capitalino le invitó a sentarse a su lado, en una silla que casi de milagro había quedado libre. Ella aceptó con cierta vergüenza, se sentó y quedó atenta escuchando tanto a quien tuvo tan noble gesto, como a los restantes cinco colegas que se encontraban en la mesa.

Al final resultó que el erudito psicólogo era mucho más canchero y buena onda de lo que se suponía, por lo que a la psicóloga maragata no le costó mucho integrarse a la animada conversación.

-¿Así que vos sos de San José? – preguntó el veterano acomodando el cuerpo en su silla para el costado, quedando así frente a frente a su colega del interior del país.

-De ahí mismo soy – dijo ella con una sonrisita nerviosa, incrédula de estar hablando de “vos y yo” con aquella inminencia.

– Yo trabajé un tiempo en San José, tenía el consultorio en el centro, atendía una vez a la semana.- dijo él al tiempo que se iba incorporando de la silla, ya que a la una y media se retomaba el simposio por lo que la charla no podía avanzar mucho más, no obstante acordaron, tanto ellos como los demás profesionales que se encontraban en la mesa, volver a verse al final de la jornada para tomar un café y proseguir con la conversación.

Fue así que unas cuantas horas después nuevamente se volvían a encontrar en un grupo más reducido y ya sin la presión de tener que regresar al auditorio. Cuando la psicóloga llegó se percató que estaban hablando de casos llamativos en los que les había tocado trabajar. – ¿Y vos ché, no tenés nada raro para contar de tus pacientes? – preguntó el psicólogo que hasta rato antes brindaba una conferencia para decenas de personas. A ella la pregunta le vino como anillo al dedo ya que si bien en principio le dio un poco de cosa contar entendió que esa podría ser su gran oportunidad para esclarecer las dudas que le habían surgido luego de haber escuchado a Gerardo, su paciente de un día.

-Sí, tengo un caso. No hace muchos meses un paciente llegó a mi consultorio y me describió una situación bastante llamativa, dice haber visto hace poco a un hombre desconocido, adulto, de pelo corto, que tiene una expresión, sobre todo su sonrisa, que le genera pánico, terror. Lo raro es que dice haberlo visto dos veces en su vida y ese tipo desconocido está tal cual, como que no le pasan los años.

Los demás psicólogos seguían con atención lo que decía su colega.

-Pero lo más llamativo de esto es que no es el único que me contó esto, otra paciente, hace siente años atrás más o menos me describió un caso muy similar, casi idéntico podría decir.

El médico reconocido por su experiencia se rascó la nuca con su mano izquierda y lo que dijo a continuación lejos de aclarar las dudas de la psicóloga la intrigaron mucho más y hasta le dieron escalofríos.

-La verdad no puedo creer lo que estás contando. A finales de los 80 principios de los 90 yo atendí un caso igual a lo que te dijeron esos pacientes, pero el mío era una señora mayor por aquellos años. Nunca más tuve un caso así, ahora, lo que más me llama la atención es que ese caso lo atendí allá, cuando tenía el consultorio en San José de Mayo, donde tus pacientes también dicen haber visto a un tipo así.

Después de eso la charla se extendió por algunos minutos, los profesionales se fueron despidiendo, la psicóloga se fue a la Terminal de Tres Cruces y regresó en ómnibus a San José de Mayo, con muchas más interrogantes, inquietudes y hasta cierto temor, de lo que tenía antes del simposio.

Aún hoy ni ella ni sus colegas tienen una explicación clara con respecto al caso del hombre de la sonrisa macabra, que al parecer, desde hace años, deambula por ahí, ajeno al tiempo, paseándose entre las multitudes que se forman en diferentes eventos cumplidos en San José  de Mayo. Un tipo al que quizá hemos cruzado mil veces y a quien por no conocer no le prestamos nada de atención, sin saber que se ha exhibido frente a los maragatos desde hace años, sonriéndole solo a algunos, como diciendo de una manera perturbadora, “acá estoy”, para después volver desaparecer entre la gente y las calles de la ciudad, para reaparecer quién sabe cuando…y mucho menos, a quién.

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