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Cuento «Lágrimas de fuego»

Las últimas luces del pueblo van desapareciendo bajo el manto oscuro de la noche. Solo el graznido de alguna lechuza lejana logra romper el profundo silencio que se apodera del lugar. La silueta del monte se recorta a la distancia y detrás, como ocultándose, surge el esqueleto majestuoso del viejo puente ferroviario. El río que da nombre a la ciudad recibe al arroyo que corre lentamente, serpenteando entre las piedras que guardan una vieja historia.

Hoy es noche de luna nueva, pero en ese lugar no todo es oscuridad. Un escalofrío recorre mi espalda. Al levantar la mirada, imagino lo que veré, y esto me hace helar la sangre.

Todavía recuerdo cuando Don Isidro me contó aquella perturbadora historia. Él no era un vecino más, sino que se había trasformado en la memoria viviente del pueblo. Yo era apenas un niño la primera vez que presencié esa imagen que me atormentaría por mucho tiempo.

El anciano había hecho del arroyo su lugar especial, y allí me encontró, esa noche, temblando de miedo por lo que acababa de observar. En un intento por tranquilizarme, Don Isidro me invitó a sentarme sobre algunas rocas cerca del agua. A pesar del calor del verano, yo sentía mucho frío y temblaba. En ese momento, comenzó su relato.

Casi trescientos años atrás, una carreta repleta de sebo marchaba lentamente, tirada por dos viejos bueyes. Recorría los polvorientos caminos desde Florida hacia Montevideo, para abastecer de materia prima a los fabricantes de velas de la ciudad colonial. El conductor era un peón de estancia acostumbrado a viajar solo y la carreta se había convertido en su hogar. Por las noches tendía su poncho debajo de ella y allí descansaba, armando siempre una pequeña fogata donde cocinaba su comida y con la cual se alumbraba.

En uno de esos tantos viajes, y después de un largo recorrido, la noche de luna nueva lo encontró en la desembocadura del arroyo en el Río San José. Desprendió los bueyes, encendió el fuego y, dado que hacía frío, decidió dormir junto a él. La leña que tenía no era suficiente, y se dirigió al monte a buscar más.

En ese momento se desató un fuerte viento y las chispas de la hoguera alcanzaron al viejo poncho que comenzó a arder rápidamente. Las llamas se apoderaron de la carreta en cuestión de minutos y su carga de sebo ardió, convirtiéndose en una bola de fuego.

El gaucho se dio cuenta de que algo pasaba al sentir el fuerte olor a humo y a grasa quemada. Regresó por el mismo sendero y, al acercarse, su corazón comenzó a latir rápidamente. Detrás del monte, cual antorcha gigante, se quemaba su hogar. Un grito profundo brotó de su garganta y corrió, en un intento desesperado por tratar de salvar lo poco que le quedaba.

Todos sus esfuerzos fueron inútiles y la carreta ardió durante casi una semana. Su resplandor se veía desde varios kilómetros de distancia. El gaucho jamás la abandonó y murió a su lado a los pocos días. Nadie pudo apartarlo de allí. Sus gritos, al igual que su vida, se fueron apagando junto con el fuego de su inseparable compañera.

Cuentan que, desde ese momento, en las noches de luna nueva se escucha un grito aterrador que se va convirtiendo en un llanto desconsolado y, sobre la orilla del arroyo, se ve un extraño resplandor que no proviene de ninguna fogata. Al principio, cubre todo su cauce y de a poco, con el transcurrir de la noche, se va extinguiendo. Muchos pobladores del pueblito cercano han sido testigos de esta historia y llaman al arroyo y a toda la zona “Carreta Quemada”. Todo esto me dijo Don Isidro, aquella noche tan lejana.

Hoy caminé hacia el arroyo, otra vez, intentando vencer mis demonios. Tal vez no fuera cierto aquello que en una ocasión me contaron. ¿Podría ser que lo que vi ese día fuera simplemente una ilusión, provocada por el reflejo de las luces de la ciudad o de los vehículos que por allí pasaban? Es posible.

Me senté en una roca a orillas del arroyo tratando de calmar la ansiedad de mi corazón. Supongo que me dormí por unos minutos, porque la bocina de un auto que venía desde Raigón me sobresaltó. Mucho más relajado, me dispuse a regresar a mi hogar.

Cuando apoyé mi mano sobre el suelo, intentando incorporarme, sentí que algo me quemaba. En el mismo momento, un extraño resplandor me fue rodeando. ¿Sería otro auto, quizás? Ya no estaba tan seguro.

Un olor particular fue impregnando el ambiente. Sentí temor, es cierto, pero comprendí que la luz que me rodeaba no podía ni quería hacerme daño y comencé a ver con más claridad. Esa blanca nube espectral estaba impregnada de miles de lágrimas derramadas.

Traté de mantener la calma, solidarizándome poco a poco con ese llanto casi imperceptible que, como entendí en ese momento, no era de ningún animal. Giré lentamente y me alejé despacio, abandonando mis miedos junto al arroyo y dejando fluir libremente el dolor de quien lo ha perdido todo. Ya no queda nada más que una leyenda y una vieja carreta quemada. *(Foto: pintura de Ernesto Laroche)

FIN

*Autor: Agustín Bolazzi | Proyecto “Cuentos y leyendas de San José y sus alrededores”, llevado a cabo por alumnos de Primero de Bachillerato, IPREU-SAFA2019.

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