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Entrevista

‘Morocho’ Barboza, el poeta que hoy le gana al olvido

Les escribió a personajes como Wenceslao Varela o Abel Soria y a lugares como la Sierra de Mahoma, el Refugio Oriental o a su pago, Juncal. Tuvo un programa en la vieja CW 41. Quienes lo conocieron lo definen como “por demás bueno” y profundamente solidario. Penas de amor y decepciones provocadas por amistades traicioneras lo llevaron a tomar una determinación drástica que terminó en tragedia.

Eustaquio Nicolás Barboza Pérez nació en el año 1938 en San José de Mayo. Era hijo de Eustaquia Pérez Pérez y Pedro Barboza. Los primeros años de su vida y hasta su adultez vivió en la zona de paraje Juncal, al que se llega yendo por camino al Carretón. Fue el menor de once hermanos, primero que él llegaron al mundo: Carlos, Candelaria, Juan, Pedro, María Luisa, Eustaquia, Julia, Clarita, Benito y María Adela.

«Morocho» Barboza

Vivían en un rancho de adobe y paja. En una habitación eran los dormitorios y atravesando el patio de tierra estaba la cocina, donde alumbrados a vela primero y a farol después se desarrollaban las reuniones familiares entorno a la mesa hogareña.

A medida que Eustaquio crecía junto con él lo hacía el deseo de convertirse en poeta nativista. Aprendió a tocar la guitarra “de oreja”, con las manos hinchadas de las labores rurales, por sembrar, esquilar o arar la tierra. Poco a poco su apodo, “Morocho”, empezó a ser algo así como su nombre artístico.

Nunca se casó ni tuvo hijos. Era hincha del equipo de su zona, Huracán de Juncal, del que llegó a ser un importante colaborador, organizando grandes reuniones en montes de la zona, en las que había música en vivo, baile y parrilladas inmensas que convocaban a verdaderas multitudes.

Cuando creció vendió la parte del terreno que le correspondía a sus hermanos y se fue “pal pueblo”,  a San José de Mayo, más precisamente al barrio Picada de las Tunas. En la ciudad siguió dándole a la guitarra, tuvo un programa de radio, y todo lo que lo marcó lo registró en versos. 

Los librillos de su autoría “Fogoncito campestre”, conformado por “composiciones criollas y festivas”, y “Jirones del pensamiento”, que recoge varios “versos criollos y jocosos” según se detalla en la tapa de los mismos, han llegado a nuestras manos fotocopiados a muchos años de haber sido escritos; varias hojas blancas con letras negras, en algunos casos muy difusas, engrampadas en un ángulo para seguir la secuencia correcta de los escritos, que no tienen desperdicio y llegan a constituirse en un documento de la memoria colectiva departamental.

En el prólogo del primero de los libros mencionados, H. Ciganda se refiere a “Morocho” Barboza con la siguiente reflexión:

“En esta hora del mundo donde se hace fatigoso alentar la corriente del espíritu porque parece que todo se tasa y todo se vende al mejor postor, qué alegría es encontrar un alma desprovista de intereses pequeños que sale a brindar por la amistad y la emoción, sin sentirse acuciado por el afán de ser personaje, abriendo una senda de luz y de optimismo”.

Si tuviéramos la posibilidad de preguntarle a Morocho cuál es el objetivo de sus creaciones, respondería lo mismo que escribió en las palabras de apertura de “Fogoncito campestre”:

“Dar a conocer mis inquietudes; mis aspiraciones o mis sueños despiertos, quiero por medio de este opúsculo como en los ya anteriormente publicados, ir cumpliendo con mi destino que para bien o para mal, me ha regalado la musa para convertirla en una llama y sencilla versificación”.

  • Wenceslao Varela

En el librillo Jirones de Pensamiento, Morocho anticipa los versos de “Al rancho de Wenceslao”, con la frase: “Con el mayor cariño y el máximo respeto para usted, poeta gaucho don Wenceslao Varela”.

Morocho era un gran admirador de Wenceslao. Lo visitaba en su casa donde charlaban durante horas. El que más hablaba era Wenceslao; flaco, alto, canoso, de mirada profunda y voz pausada; Morocho se limitaba a escuchar con atención, a admirarlo y a aprender, para después plasmar la experiencia en versos: 

Apenas desensillé,

Dejando a un lado el pilchaje

Avergonzao, sin coraje

Hasta el fogón me arrimé

Con precisión medité

Bajo aquel techo guardadas

Como reliquias sagradas

De los viejos tiempos de antes

Cien joyas interesantes

Por sus versos heredadas.

Mano a mano en el fogón

Con guitarra, mate y caña

Empezó a contar hazañas

De sus andanzas de pión.

Ah, qué bonita lección

Pa mis años de muchacho

Que apenas soy un quebracho

Que recién se empieza a criar

Y ya poder saborear

La sabia de un “alapacho”. *Fragmento

  • CW 41

Hace unos 50 años atrás el Morocho tenía un programa en la por aquel entonces única emisora de San José, la CW 41. El programa se llamaba “Fogoncito Campestre”, se emitía en la noche y duraba media hora. Por aquel entonces el operador de la radio era un jovencito que recién se iniciaba en los medios de comunicación, ¿su nombre? Tomás Puerto, quien se refirió a Barboza en los siguientes términos:

De estatura mediana. Ojos negros muy pícaros. Su bigote cubría su labio superior. Pasando las ocho de la tarde se le veía entrar por el Salón de las Américas. De reojo miraba la fila de banderas que representaban cada país colocadas sobre las puertas que daban a la Dirección de Sguilla y a la Discoteca de José Luis Tabares. El “Loncha” cantinero apuraba el vasito de caña para entonar la garganta. Los dientes muy blancos ponían marco a la sonrisa alargada de un buen hombre. Tres escalones lo separaban del estudio de la radio. Terminaba el programa “Cartas con Grabaciones” Dina Leigh (Rina Delfino) le jugaba un coqueteo. El Morocho con la lengua entre los dientes,  apretando la “ese” como Wenceslao Varela, jugaba una cuarteta respetuosa. 

La luz roja del estudio detenía su paso. Acercándose al vidriado estudio, su sonrisa amistosa devolvía el saludo del operador que era yo. Veintiuna y treinta, aún faltaba para el inicio de su programa “Fogoncito Campestre”.

La “tanda” daba paso al estudio “A”. Muchos papeles se ordenaban en un atril de madera. La “cigüeña” sostenía un RCA Víctor. Una silla de dos colores – hecha por los alumnos de la Escuela Industrial- servía de apoyo al pie del Morocho, ensayando la postura al momento de cantar.

Él no era muy alto, más bien petizón. Vestía con ropas, que lo definían como un hombre de campo. Usaba un pañuelo al cuello la más de las veces colorado. Su presencia mostraba tranquilidad. No era así, pues los nervios le hacían traspirar sus manos y perlaba su frente. La “chicharra” anunciaba que estaba en el aire. En el monitor, la luz roja, aseguraba que era así. El saludo lo hacía prácticamente riéndose. Todo le hacía gracia.  Ni hablar cuando llegaba el momento de la tanda leída. El operador-que era yo- me cruzaba para hacer de locutor. Dos textos en serio. Los otros mezclados con risas y carcajadas cerraban el momento publicitario. Mensaje para todo lo pagos. Los leía entre chistes y comentarios. Saludos a Juncal, Jesús María, Mundo Azul, Cagancha, Tranqueras Coloradas, entre otros. Improvisaba, leía versos de Clodomiro Calleja, Wenceslao y Abel Soria.

Sus creaciones en décimas o cuartetas se referían a las costumbres, a los paisajes y a los personajes de San José. El Morocho, si bien tenía esa virtud para comunicarse era muy solitario. Su programa iba tres veces en la semana quizás y sin quizás de su bolsillo salía lo más grueso para mantenerlo. Su voz, muy agradable. Tenía un tono grave que acompañado con la sonrisa se hacía muy atractivo. Su humildad y tal vez su inocencia no le dejaba sentir las “cargadas” de sus pares y de algún parroquiano, entonado de caña con pitanga, especialidad del cantinero don Rosatti.

Eran solo treinta minutos. Él en ese tiempo, tocaba el cielo. Era feliz. Su programa lo cerraba con esta frase “Duerman con juicio”, reía y la cortina del programa subía para ponerle fin a esos minutos.

Recoger los papeles, apagar la luz. Por encima de la consola se extendía su mano. Me hacía doler su apretón. Mano entrenada en las tareas del campo. Su figura solitaria se perdía en el salón poco iluminado. Lo seguía con la vista. Javier se acercaba para las noticias de la noche.

Un tal cerrillero Soria (Fragmento/Autor: Morocho Barboza)

Dormía en cualquier lugar

Ande se le hacía la noche

En los estribos de un coche

O arrecostao a un billar;

Después, como pa curtiar

A su pobreza avanzada

Junto con sus dos amadas

(tristeza y necesidad)

En el bar Maracaná

Organizaba cantadas.

Andaba peludo y flaco

Con frío y falta de pan

Hasta que tienda “Catán”

Le fió tres años un saco

Tatita le dio tabaco

Y refugio en un galpón

Rodríguez en su audición

Tenía muchas propagandas

Le dio un bocao de esa vianda

Pa cuartiar la situación.

Hoy que compró calzoncillos

Sombrero, saco y zapatos

De su nombre y su retrato

Se hacen grandes corrillos

Hasta echó pelo el bolsillo

Ya el del mono no es tocayo

Se siente más uruguayo

Porque la plata le llueve

Aunque todo se lo debe

Al gran San José de Mayo.

  • Murió arrepintiéndose

Eustaquio nunca se casó, pero sí conoció el amor, sentimiento que tras una ruptura se convirtió en dolor, tan profundo que sumado a la tristeza de sentirse traicionado por algunos que creyó amigos y agobiado por las deudas, derivó en la decisión más drástica.

Era el año 1972 con un festival rural en la zona de Juncal como marco. El barullo de la gente llenaba el aire limpio del campo. Atravesando grupos de personas que conversaban, bebían y reían, Morocho se apartó del tumulto, se subió a su auto azul, empuñó un revolver y se disparó en la frente.

De ese modo seguía la secuencia fatal también emprendida por su padre, su madre, y cuatro de sus hermanos.

La bala causó graves heridas que dejaron al poeta de Juncal al borde de la muerte. Fue internado en Montevideo donde de manera sorprendente logró recuperarse. Como se le practicó una traqueotomía no podía hablar, por lo que para comunicarse con quienes lo visitaban recurría al lápiz y al papel. En sus mensajes expresaba un profundo arrepentimiento por lo que había hecho.

Como si de una burla del destino se tratase, no lo mató la bala, falleció una madrugada, la del 13 de setiembre del 72 en la que justo nadie se había quedado con él en la habitación del hospital. La causa: una “insuficiencia respiratoria” producida por una infección. Tenía 34 años de edad.

A mi pago (Autor: Morocho Barboza)

Querido pago Juncal:

Ante tu imagen me postro

Para que veas en mi rostro

Mi inquietud tradicional

Sin pretensión del zorzal

Hoy tengo que abandonarte

Aunque jamás olvidarte;

A donde quiera que esté

Siempre te recordaré

Como padre de este arte.

Tú viste toda mi infancia

Con días buenos y malos

Tú me diste el regalo

Mudo y libre en la ignorancia

De ti sorbí la fragancia

De ti sorbí el lico feo;

Hoy por la inquietud me veo

Empapado de ilusiones

Y por mis aspiraciones

Saldré a cumplir mis deseos.

Desde que era muy pequeño,

Soñé con ser poeta

Y cada vez más me inquieta

Ese ambicionado sueño.

Y he de luchar con empeño

Aunque con un rumbo incierto

Por la esperanza cubierto

Pretendiendo alzar el vuelo

Para encontrarle consuelo

A tantos sueños despiertos.

Que Dios disponga de mis

ambicionadas ideas;

que en mi mente se recrean

sea triste o sea feliz.

Hoy que ya algo comprendí

En los años que he vivido

Voy a hacer un recorrido

En compañía de la ausencia;

Donde quiera haré querencia

Como pájaro sin nido.

Aunque si vuelvo algún día

Porque me obliga el destino

No me cerrés el camino

Ni me mostrés ironía.

Yo no me voy por la falsía

De ti en el comportamiento;

Al contrario, el sentimiento

Irá contigo en el viaje

A hablar en cada paraje

Lo que por tu ausencia siento.

Por: César Reyes

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