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#Lecturas: «Los Niños del Hospital»

Aquella tarde de inicios de los 80´ la llovizna molestaba más de lo que mojaba. Por lo enormes ventanales del club se podía ver la plaza de los Treinta y Tres Orientales, la principal de la ciudad de San José de Mayo, los plátanos desnudos tenían sus ramas grises crispadas, como dedos reumáticos que buscaban tocar el cielo que con el paso de los minutos se iba poniendo oscuro. A uno de los lados cruzando la calle se veía al cura de la Basílica Catedral despidiendo a los feligreses que habían asistido a la última misa del día; en el otro extremo el foco rojo y cuadrado en la parte superior del teatro Macció anunciaba que en la noche que se iniciaba se desarrollaría una función.

Ricaurte fue el último en llegar. Después de todo un día de trabajo en el hospital de San José, estacionó su auto en la calle 25 de Mayo, con la trompa mirando a la plaza, al bajar las suelas de sus zapatos negros salpicaron el agua de un charquito que se había formado en la calle. El médico levantó un poco su gabardina casi tan oscura como sus zapatos, ocultó su rostro con barba cana entre su bufanda y la boina escocesa y avanzó, subió las escaleras del club y se acercó a la mesa donde lo esperaban, como siempre, Martínez, Perera y Fontes.

Martínez y Perera trabajaban en el Banco La Caja Obrera, mientras que Fontes recién daba sus primeros pasos como médico general. Era muy joven y había calzado en el grupo porque en realidad el amigo de los otros tres era su padre, Fontes viejo, pero su muerte temprana y el cariño que los veteranos le tenían a “Fontes chico” hizo que éste se sintiera en familia cada vez que compartía algunos momentos con los personajes antes mencionados. El copetín de las siete de la tarde en el club era un clásico y seguramente una de las cosas que más disfrutaban de sus rutinas.

– “¿Cómo anda la gente?– Preguntó Ricaurte estirando la última “e” de gente.

– “No sé si andamos muy bien, pero mejor que vos seguro”– le respondió Perera entre risas. -¿Te pasó algo?

– “Si les cuento no me van a creer y se van a cagar de risa” – dijo el recién llegado mientras se acomodaba en una silla de madera.

– “Contá, dejate de misterios” – le salió al cruce Perera que al mismo tiempo levantaba su mano derecha indicándole al mozo que le sirviera “lo de siempre” a Ricaurte, y lo de siempre era un whiskie doble con tres piedras de hielo.

– “Bueno, les cuento, pero si me toman el pelo ahí queda. Se van a la mierda.” – aclaró de antemano el cirujano mientras se sacaba la gabardina, bufanda y boina. Fontes escuchaba y hablaba poco, la intriga lo carcomía, hasta que por fin Ricaurte empezó a narrar lo que le había pasado. Dijo algo así como:

-“Anoche en mi última recorrida me pasó algo increíble, se me eriza la piel solo de contarlo” –dijo mientras mostraba su brazo con la piel de gallina, y al parecer efectivamente era así, a medida que hablaba el tipo empezó a ponerse pálido, lo que sorprendió a sus interlocutores. Ricaurte continuó:

“En la sala de mujeres tenemos, bah, teníamos hasta esta mañana, a una viejita. Ramona. Estaba en las últimas. Pero anoche la veo con una sonrisa de oreja a oreja, me le acerqué y le pregunté de qué se reía, y ella me dijo que “los niños” me vieron venir por el pasillo y se asustaron. ¿Qué niños?, le volví a preguntar, y ella me respondió: «esos tres que recién salieron, rubiecitos con túnicas blancas, andan descalzos y brillan como el sol”.

Ricaurte no había visto nada, mucho menos a tres niños, pero su cuerpo igual había quedado como petrificado al escuchar la descripción de doña Ramona. De no haber sido por lo que su padre -médico también- le había contado hacía muchos años atrás, esto no tendría que haber pasado de ser un simple delirio de un paciente agonizante.

Martínez, Perera y Fontes chico apenas respiraban, estaban como hipnotizados escuchando al viejo cirujano; éste continuó:

“Mi padre, que trabajó muchos años en el hospital viejo (Larriera entre Batlle y Asamblea de San José de Mayo-Uruguay) siempre me contó que le llamaba mucho la atención que gente que se estaba por morir le decía, horas e incluso minutos antes de “cantar flor”, que unos niños rubios con túnicas o camisas blancas largas los habían venido a buscar”.

La primera vez Ricaurte padre no había prestado atención, pensó que sólo se trataba de un delirio; la segunda le pareció una coincidencia que le llamó mucho la atención, y la tercera ocasión le había dado mucho miedo pese a que ya era un médico de los más veteranos. Los pacientes eran metódicos al describir a tres niños rubios vestidos de blanco que los habían venido a buscar.

Increíblemente años después, en otro hospital de San José, a su hijo le pasaba algo igual, y en aquella nochecita de julio, entre whiskie y whiskie le contaba el episodio a sus amigos más cercanos, que escucharon con suma atención toda la historia de principio a fin.

Después de aquella noche no volvieron a hablar del tema. Era más recurrente que cada uno se refiriera y defendiera a su club de fútbol en acaloradas discusiones, antes que empezar a buscarle lógica al suceso paranormal que había tenido como protagonista al cirujano Ricaurte.

Con el paso de los años la historia fue quedando en el olvido, tres de los cuatro integrantes de aquella charla ya están muertos y sólo Fontes chico queda de este lado. Y es precisamente él quien le aporta el grado más fuerte de interés a este cuento, porque hace un par de semanas, una noche, mientras recorría las salas de pacientes más críticos del centro asistencial donde trabaja, un señor de unos 83 años, Don Alberto, que ya estaba en las últimas, le dijo con un hilo de voz y una sonrisa en los labios: – “Me vinieron a buscar. Me tengo que ir con los niños…”

Antes de que siguiera hablando Fontes dio media vuelta y se retiró de la sala, mientras atrás de él, el viejo agonizante seguía balbuceando. A la mañana siguiente su cuerpo tieso exhibiendo un rostro sonriente yacía sin vida sobre las sábanas de su cama de hospital.

“Infarto”; a eso se atribuyó el fallecimiento de don Alberto en su acta de defunción, pero el médico Fontes sabe bien que la madrugada anterior, con sus últimas fuerzas terrenales, el viejo se incorporó de su lecho de muerte y se fue con los niños rubios y de túnica blanca que descalzos, en las noches, recorren los pasillos de algún centro asistencial de la ciudad de San José de Mayo.

*Texto: César Reyes

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