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Cuento: Las sombras vivientes de la Etchepare

¿Y si fuera posible que la locura escape? Y más aún, ¿y si en un abrir y cerrar de ojos la locura que pensamos ver, (en un segundo) se esfumara y después de eso, nosotros tomáramos el rol de locos? ¿Y si esa noche la locura se personificó para escapar de su prisión y apoderarse de nuestros cuerpos para alcanzar la libertad? Quizá aquella lluviosa madrugada del 26 de Julio de 2018 vivimos lo que nunca pensamos que sería la noche más temible de todas.

Todo comenzó el 25 de Julio de 2018, un día nublado y lluvioso. En la noche debíamos ir a Santa Lucía por el cumpleaños de nuestra amiga Belén. Aquella noche, mientras terminaba mi tarea, sonó mi celular y, sin pensarlo, Carolina y Cristian presionaron el timbre de casa, lo cual significaba que era hora de partir hacia dicha ciudad.

Al abrir la puerta, divisé el regalo para Belén que lo traía en brazos Carolina, y a través de sus azules anteojos pude notar el entusiasmo que mi amiga tenía. A los pocos segundos se escuchó el grito de apuro de Cristian, explicando que se nos hacía tarde y debíamos encontrarnos con nuestros compañeros de ruta. Pude notar mediante sus azules ojos que combinan tan bien con su rubio y lacio pelo, la ansiedad que mostraba por llegar a aquel lugar.

Rumbo a la plaza Zorrilla, de nuestra ciudad natal, San José de Mayo, le avisamos por WhatsApp a Morena que estábamos llegando al punto de encuentro. Al llegar, pudimos notar la emoción de Pablo, Lorena e incluso Mario, quien es el padre de Morena. Está de más decir que en ruta no podemos viajar tantos chicos dentro del mismo auto; por lo tanto, no tuvimos otra opción que dividirnos e ir al mando de Susana, mi madre, y Mario. A pesar del mal clima, nunca viene mal un buen acompañamiento como lo es la música, para que esos treinta minutos de viaje no se hagan eternos.

Era casi medianoche cuando golpeamos tres veces la puerta de Belén para sorprenderla; al abrirse, estaba ella con sus tan característicos ojos café, pero esta vez agrandados como pupilas de pez y su sonrisa despampanante, lo que nos indicó que el

plan salió a la perfección. Sin notarlo, en el reloj se mostraron las doce, lo que significaba que ya era 26 de Julio y, por ende, nuestra pequeña Belén cumplía sus tan esperados quince años. Sin lugar a dudas, tanta felicidad acumulada tarde, o temprano, traería consigo una mala noticia, o peor, un terrorífico momento. Está de más decir que cuando estábamos disfrutando, el tiempo volaba y, como si el reloj escuchase ese pensamiento, las campanas del reloj de mesa marcaron la una de la madrugada con su monótono sonido, indicándonos el retorno a nuestras casas.

A la vuelta, Cristian y Carolina se acomodaron en el asiento trasero, mientras que mamá y yo íbamos en los asientos delanteros. Detrás nuestro, en el auto de Mario, iban nuestros amigos Morena, Pablo y Lorena. Y como cada viaje en auto, era inevitable escuchar la voz de mamá retándome:

-¡Soltá el celular y ponete el cinturón, Valentina! La idea es evitar cualquier tipo de accidente, mirá cómo está la ruta, no es fácil conducir así- dijo asustada mamá.

-Tranqui, ma. Nada va a pasar- respondí segura sin imaginar lo que sucedería minutos después.

Sin dudas, mamá no se equivocaba; aquella madrugda era terrible. Los árboles de la esquina siguiente eran imposible de ver debido a la gran niebla que había. Era una noche oscura con todas sus letras. Pleno invierno, lo que significa que más de diez grados no había. Hasta el peaje, todo iba color de rosas; al levantarse la barrera y avanzar vivimos lo que, hasta hoy, no logramos olvidar.

Nuestro auto a la delantera, avanzando por la Ruta 11 con una fina lluvia por encima, se acercaba a la conocida y nombrada “Colonia Etchepare”. Como de costumbre, cada uno de nosotros iba enfocado en lo suyo, cuando oímos a mamá, con voz quebrada, preguntar si aquello en el medio de la ruta era una persona. En ese momento, todos levantamos la mirada bruscamente hacia aquella silueta y, sin dudarlo, aquello era una persona, o eso pensábamos. Fue tanto el escalofrío que sentimos, que llevó a que Susana bajara la velocidad e hiciera una repentina maniobra para ahuyentarlo. Pero aquella extraña figura permanecía inmóvil. En mi cabeza no paraba de preguntarme: ¿un loco?, ¿un loco queriendo escapar de aquel tenebroso lugar? ¿Cómo llegó hasta allí si las puertas estaban completamente cerradas? De los alrededores no era, ya que no había ningún tipo de casa. ¿Y si no era una persona? ¿Aquello era algo real? Sin dudas, sí lo era. A medida que el auto avanzaba, lográbamos ver más detalladamente que aquel contorno, iluminado por las luces a los lados de la ruta, vestía con una camisa de fuerza. Paralizados por el miedo, no lográbamos sacarle la vista de encima, pero al llegar al momento justo, esta sombra, silueta, persona o lo que fuere que había, desapareció al instante. El miedo que habitaba en nosotros era incontrolable.

Rápidamente alcancé el celular a mi derecha y comencé a grabar, pero ya no estaba aquello tan extraño. Acto seguido, llamé a Morena para comprobar si lo que habíamos visto ellos también lograron observarlo. Pero su respuesta no fue la esperada. Con tono impactante contestaron que ellos no habían visto nada, ninguna silueta, ningún movimiento, ninguna persona, ningún loco.

Desde aquel momento cada vez que alguno de nosotros pasa por la Colonia Etchepare, la locura y el miedo nos invade. Al final de cuenta, podría parecer que el papel de locos lo tomamos nosotros.

*Autores: Manuela Álvarez y Sofía Pérez | Proyecto “Cuentos y leyendas de San José y sus alrededores”, llevado a cabo por alumnos de Primero de Bachillerato, IPREU-SAFA2019.

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