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Milagros en la “vieja cárcel” de San José

La vieja cárcel de San José está ubicada en la intersección de las calles Ciganda -donde está la puerta principal- y Artigas, en pleno centro, a media cuadra de la plaza principal.

Hasta hacía poco tiempo, antes de convertirse en un centro educativo, sus gruesas paredes grises, las rejas negras de las ventanas y los portones del ingreso, conformaban una imagen típica que un maragato reconocería en cualquier lugar del mundo.

Estuvo operativa hasta el 29 de abril del año 2009. En esa fecha había 103 reclusos, cuando su capacidad al momento de ser construida –más de 100 años atrás- era de tan solo 30.

Ese día apenas despuntó el sol una caravana de micros repletos de presos salió rumbo a la “cárcel nueva” que se construyó en Juan Soler, zona rural, a 10 kilómetros de la capital departamental.

Pese a que ya no había habitantes el hacinamiento de 103 cuerpos humanos había dejado rastros evidentes que perduraron durante varios días dentro de la cárcel. Un olor nauseabundo, orina en botellas de plástico y posters con mujeres desnudas en medio de un ambiente lúgubre, conformaban un hábitat totalmente antihumano que parecía darle la razón a todos aquellos que sostienen que las cárceles son un infierno.

“El Gitano”, como miles de presos a lo largo de la historia de la cárcel, había llegado por cometer una rapiña. Una más en su largo historial delictivo. Detenido en la comisaría había estado muchas veces, pero nunca preso. Nunca hasta ese mes de marzo del año 1998.

Cuando se metió revolver en mano a exigir la plata de aquel minimarket que tenía entre ceja y ceja desde hacía un tiempo, nunca imaginó que de atrás de uno de los pasillos que conforman las góndolas con mercadería saldría un policía de civil que, apoyándole su 22 en la nunca, le exigiría que bajara el arma y la pusiera en el piso. “El Gitano” obedeció. Apoyó su arma contra las baldosas negras con pintitas blancas y llevó sus manos a la altura de la cabeza.

A los pocos minutos una patrulla de policía con dos efectivos arribó al comercio. “El Gitano” fue esposado y subido en el móvil que lo trasladó hasta la comisaría y, al día siguiente, ante el juez que lo procesó con prisión. En el marco de la investigación se comprobó que el delincuente llevaba el arma descargada porque, según él mismo confesó, sólo la portaba para intimidar a sus víctimas.

A excepción de su hermano menor, Marcos de 17 años, el Gitano no tenía a nadie más en el mundo. Cuando éste lo visitaba –con suerte una vez al mes- el Gitano parecía revivir. Le cambiaba el ánimo desde los días previos cuando mediante una llamada telefónica le anunciaba que le “caería” el día de la visita.

Fue precisamente en uno de estos encuentros que Marcos le avisó a su hermano que por un tiempo no se iban a poder ver porque, según dijo, le había salido una “changa” en Montevideo.

El Gitano sabía que con él preso tarde o temprano su hermano se iría de San José y se juntaría con los viejos vecinos del “cante” en la capital del país. Ese domingo se despidieron con un abrazo más largo de lo común y un beso. Agarrándole fuerte la cabeza por ambos lados el Gitano le ordenó a su hermano que no se metiera en quilombos.

Éste le pidió que se quede tranquilo, que todo iba a estar bien. “Yo sé manejarme en la calle” le respondió, dio media vuelta y se fue. El Gitano esperó a que doblara por el pasillo que lo llevaría a la entrada de la cárcel y recién ahí él también dio media vuelta y se dirigió a su celda.

En la noche el Gitano no se durmió hasta bien entrada la madrugada. Se quedó mirando el techo y pensando. Pensó en el infortunio que lo había puesto en ese lugar, en su hermano y las tramoyas en las que éste se podría meter una vez establecido en Montevideo. También pensó en el futuro. Este último punto era el que más lo desvelaba. ¿Qué carajo haría después de cumplir la pena? ¿También él volvería a Montevideo? En la cárcel la cabeza trabaja mucho, te comen el cerebro los pensamientos, según el decir de algunos ex reclusos.

A San José había llegado hacía varios años acompañando a su madre, una mujer que se había cansado de padecer las palizas constantes de su marido alcohólico. En tierras maragatas consiguieron una piecita en una pensión donde vivían los tres: El Gitano, su hermano Marcos y su madre. Al poco tiempo de establecerse el Gitano se fue a laburar a una granja y alquiló otra piecita. De esa forma logró dejarles más espacio a su madre y al hermano al tiempo que él se independizó. 

Era recurrente que a su casa llegaran varios “amigos” de mala vida que lo incitaban a tomar cantidades industriales de bebidas alcohólicas y a consumir drogas de todo tipo. Al Gitano le encantaba eso, pero el problema era cuando se picaban y se les terminaba la plata. Esas noches en fija se mandaban alguna macana. Robos, rapiñas, rastrilladas, todo lo que les permitiera hacerse de algún botín que pudieran vender para con lo obtenido comprar más “falopa”, sumando así nuevas complicaciones.

La repentina muerte de su madre producto de un paro cardíaco fulminante complicó aún más la situación. Marcos, de 15 años en aquel entonces, se fue a vivir con su hermano y a impregnarse con su estilo de vida. Acentuó su consumo de alcohol y el porro ya le parecía un caramelo al lado de drogas como la cocaína, el éxtasis o, en el peor de los casos, el cemento.

En las tropelías él oficiaba de “campana” alertándole al resto si aparecía la policía o alguien que representara algún peligro para la operación delictiva. Él también iba “calzado” con un revolver que le había conseguido un amigo de su hermano mayor.

Precisamente era el Gitano el que se encargaba de contener a Marcos para que éste no hiciera ninguna cagada. Sabía que el pibe podía ser fácil de manipular por los otros delincuentes de más edad y por consiguiente con más conocimiento de causa.

El Gitano, más que el hermano era el padre de Marcos, por eso lo que llegara a hacer en la calle mientras él permaneciera preso lo inquietaba de sobremanera. Pensaba muchísimo mientas miraba el techo que quedaba a escasos centímetros de su frente, ya que dormía en la parte de arriba de una de las tres cuchetas que habían en la celda, pese a que eran siete los reclusos que se alojaban en ese tétrico y diminuto espacio.

Una mañana, después de una noche de lluvia intensa, el Gitano abrió los ojos y quedó impactado con una imagen que se había comenzado a formar en el techo, a la altura de sus pies. La observó con detenimiento. Le pareció advertir la imagen de una virgen, y si bien él nunca había creído en religión alguna, sentía que aquel hallazgo le transmitía algo de paz en medio del infierno que habitaba.

El día transcurrió con normalidad, entre gritos y garrotes de guardias golpeando los barrotes. Salió al patio. Fumó un par de puchos y otra vez se metió a la celda junto con sus compañeros. El Gitano se volvió a recostar en su cama en silencio. Su vista se fue automáticamente a la mancha, pues si bien al amanecer le parecía una virgen, ahora estaba totalmente convencido de que lo era.

Se pasaba horas y horas contemplando la imagen. Una noche “el Lagarto”, un compañero de celda que también dormía en la parte superior pero en la cucheta de al lado le preguntó: – ¿Todo bien Gitano? ¿Te enamoraste de la mancha del techo? -Y quebró el silencio de la noche con una carcajada. El Gitano lo miró, sonrió y le respondió: “puede ser, con la falta de mujeres que hay acá, porque vos ni pa´mujer servís mugriento”.

El Chirola, el reo que dormía abajo del Gitano salió al cruce con un: “Ya te estás poniendo exigente Gitanito”. Inmediatamente todos largaron la carcajada menos el Negro, un veterano que se dormía rapidísimo gracias a unos ansiolíticos que había metido de contrabando. Pasaba dopado y tosiendo el Negro, lo segundo motivado por un indicio de tuberculosis que inquietaba tanto a sus compañeros como a los guardias que trataban con él.

Los días se sucedían con una monotonía abrumadora. Al Gitano lo que le generaba más felicidad era saber que su hermano Marcos lo visitaría, pero eso no pasaba desde hacía meses. Lo llamaba al celular de siempre pero su hermano no respondía. El Gitano pensaba lo peor. La incertidumbre ya no lo dejaba dormir más de una hora de corrido y sentía un vacío en el pecho difícil de explicar.

Un domingo de visitas había quedado solo él dentro de la celda. La angustia que sentía era tal que, por primera vez en mucho tiempo, recitó algo parecido a una oración. Lo hizo mirando a la macha que estaba en el techo convencido que su súplica iba dirigida a la virgen María. Sus peticiones se hicieron recurrentes, todas las noches le pedía protección, salud y, sobre todas las cosas, que cuidara a su hermano Marcos, si es que aún estaba vivo.

En lo más íntimo el Gitano se sentía un elegido y su fervor hacia la imagen de la virgen se acrecentaba con el paso del tiempo. Una serie de episodios lo convencían de que él contaba con una especie de ángel que lo dejaba por fuera de situaciones problemáticas.

La primera sucedió una tarde de martes, en uno de los dos patios de la cárcel se desató una trifulca que terminó con dos reclusos heridos, uno de ellos era “el Calavera”, que también estaba en la celda del Gitano y quien a falta de camas dormía en una colchoneta sobre el piso hediondo.

Tras el incidente las autoridades carcelarias se alborotaron y enseguida comenzaron a barajar la posibilidad de trasladar al Penal de Libertad -cárcel de máxima seguridad- a todos los reos involucrados.

El Gitano rezó con mucha fe mirando la imagen de la supuesta virgen. Pidió que por favor no lo trasladaran. Ya tenía muchas oídas del Penal de Libertad y sabía que si la cárcel de San José se asemejaba a un infierno a donde lo podían llegar a trasladar directamente lo era.

Las jornadas previas antes de conocerse la resolución lo tuvieron inquieto como al resto de sus compañeros. Finalmente el traslado se concretó pero no los involucró a todos. Los que marcharon para el Penal fueron “el Calavera”, “el Chirola”, “el Chino” y “el Turquito”. Los dos últimos nombrados habían pasado toda su vida entrando y saliendo a institutos correccionales y, después de mayores de edad, de las cárceles.

 – ¡Cómo zafamos de ésta!– Exclamó el Lagarto mirando al Gitano que seguía con la mirada puesta en la mancha del techo. Éste no respondió, sólo dibujó una sonrisa en su rostro y siguió mirando el techo. En su interior estaba convencido que el permanecer en su celda de San José se lo debía a la virgen.

Al día siguiente ya tenían tres compañeros nuevos; “el Quico”; “el Navaja” y “el Topo”. Todos jóvenes y con un historial delictivo que al promedio de la población le habría demandado más de una vida llegar a conseguir.

El segundo episodio tuvo lugar después de comer “el rancho”, una especie de guiso aguado que con frecuencia se les sirve a los presos. Decenas de reclusos sintieron las molestias; vómitos, diarreas y quejidos de todo tipo invadieron el ambiente de la cárcel. Justo ese día el Gitano no había comido. Miraba desde arriba a sus compañeros y los auxiliaba en lo que podía.

El Negro fue el que llevó la peor parte. Los vómitos y la diarrea lo debilitaron demasiado. Su tos se acentuó y llegó a vomitar sangre. Fue trasladado a la enfermería y de ahí pasó a un centro asistencial al que llegó inconsciente. Permaneció en cuidados intensivos y para tristeza de sus compañeros a la semana de haber ingresado murió. A esa altura era solo piel y huesos el pobre.

Sus compañeros también habían perdido varios kilos. El único que se mantenía fuerte dentro de la celda era el Gitano que cada vez profesaba más devoción hacia la virgen que en forma de mancha se le había presentado en el techo.

Una tarde de visitas un guardia se acercó hasta las rejas de la celda y dijo: “Che, Gitano, visita”.

– ¿Visita para mí? ¿Quién?– Interrogó el Gitano ya con las piernas colgado de su cucheta y por dar el saltito que lo dejaría en el suelo.

El guardia le respondió que era un muchacho pero no sabía quién. El Gitano sintió una felicidad extrema cuando vio a su hermano en el patio. Corrió, lo abrazó, lo puteó por no haberlo llamado durante tanto tiempo. Le preguntó cómo había estado. Marcos no transmitía la misma felicidad.

Venía escapándose de “el Sapo”, un delincuente peligrosísimo de Cerro Norte. En un apriete de la policía después de una rapiña Marcos largó todo y eso derivó en la detención y procesamiento con prisión del que hasta hacía algunas horas había sido su cómplice. Se comió una cana de seis meses y juró matar a Marcos una vez afuera.

Cuando salió comenzó a seguirle los pasos. Ya lo había buscado por varios lugares que solían frecuentar juntos. Marcos venía zafando por muy poco.

El Gitano ya había escuchado hablar del tal Sapo y sabía que su hermano realmente estaba en peligro. Le pidió que no se fuera de San José, que se escondiera y que regresara el miércoles, el otro día de la semana habilitado para las visitas.

Marcos siguió todo al pie de la letra; se metió en el viejo Hospital, un edificio vetusto y habitado por personas desamparadas y ahí permaneció hasta el miércoles.

Ese día, apenas había salido rumbo a la cárcel y llevaba recorrida casi una cuadra, una fuerte frenada hizo que girara su cabeza. Tras de él y frente al edificio del viejo hospital un Monza blanco destartalado. Del lado del acompañante bajó un flaco con el pelo amarillo intenso, cuando se abrió la puerta del acompañante Marcos sintió como se le heló la sangre al ver que del auto bajaba el mismísimo Sapo empuñando un revolver. No había dudas, lo estaba siguiendo y le venía pisando los talones.

Marcos apuró el paso y cuando dobló en la esquina empezó a correr. Para su suerte el ingreso de las visitas a la cárcel ya había sido habilitado. Llegó muy agitado, pasó la revisión y a los pocos minutos estaba en el patio hablando con el Gitano.

Exaltado le contó lo ocurrido un rato antes en el viejo hospital. El Gitano lo tranquilizó, llamó a un guardia muy conocido por corrupto y que charlaba mucho con él y acordaron que esa noche Marcos permanecería dentro de la cárcel, oculto en la celda de su hermano.

Aprovechando el tumulto de presos y visitantes evadieron al resto de los carceleros. Marcos se camufló entre los reclusos que se alojaban en la misma celda del Gitano.

En la noche, cuando se aseguraron que los guardias ya no pasarían revisando, Marcos se fue a la cama del hermano, en la parte superior de la cucheta. Uno se acostó con los pies para un lado y el otro a la inversa.

Hablaron mucho entre cuchicheos, hasta que el Gitano, señalándole con la mirada la mancha en el techo le preguntó:

– ¿Qué ves?

– Una mancha, ¿tiene forma de virgen o me parece a mí? – Respondió Marcos.

– ¡Es la virgen! – aseveró el Gitano, que pasó a contarle todos los milagritos que ella ya había producido en su favor dentro de la cárcel y agregó: “Ahora le vamos a pedir por vos”.

Marcos lo miró extrañado pero no lo contradijo. Vio cómo su hermano juntaba las manos y con los ojos cerrados murmuraba algo. Lo único que le entendió fue “el Sapo”, sólo eso ya le erizaba la piel. Cuando el Gitano terminó, se sentó en la cama y acarició la mancha del techo. Inmediatamente después largó un “buenas noches”, apoyó su cabeza en la dura almohada y se durmió. Marcos no concilió el sueño en toda la noche.

Sabía que, paradójicamente, el lugar más seguro para él era ese, la cárcel, junto a su hermano. Lo angustiaba saber que por más que quisieran ahí le podrían hacer “el aguante” máximo hasta el domingo, día en que también había visitas.

También Marcos, en la desesperación, había comenzado a hacer algo parecido a rezar mirando la mancha del techo. Nunca sus peticiones habían estado cargadas de tanta fe, cosa que al parecer dio sus frutos.

El sábado al mediodía, como siempre a esa hora, el televisor del comedor estaba a todo volumen mientras se emitía el noticiero de canal 4. Muchos presos lo miraban y otros solo escuchaban las noticias. Cuando salió la presentación de la sección “Policiales”, como de costumbre, todos prestaron más atención. Siempre “caía” algún conocido o se enteraban de los crímenes ajenos.

Cuando la cámara enfocó nuevamente al presentador, éste le dio paso al móvil que se encontraba en la zona de Santiago Vázquez, en el límite de los departamentos de San José y Montevideo. En ese lugar se había registrado un tiroteo. Las cámaras enfocaron a un auto Mazda blanco en muy mal estado y con manchas de sangre. Dentro de él se vislumbraban dos cuerpos inertes.

El cronista dijo algo así: “Un tiroteo con saldo fatal se registró esta mañana próximo a un descampado en Santiago Vázquez. Según el testimonio de algunos testigos que prefirieron mantenerse en anonimato, dos motos, una con dos y la otra con un ocupante, interceptaron el paso del automóvil y comenzaron a hablar con el conductor y el acompañante. Instantes después se trasladaron al descampado y de manera sorpresiva los motociclistas arremetieron a balazos contra los ocupantes del automóvil, retirándose raudamente del lugar una vez concretado el crimen. Las víctimas fatales fueron identificadas con los alias “el Polaquito” y “El Sapo”, sujetos con profusos antecedentes penales. Según informó la policía se habría tratado de un ajuste de cuentas”.

El Gitano y Marcos se miraron. No lo podían creer. Se fueron a la celda y se abrazaron. El Gitano gritó de felicidad, se subió en su cucheta y comenzó a agradecerle a la mancha del techo con forma de virgen María.

Sorpresivamente, a los tres meses de éste suceso el Gitano recuperó la libertad por gracia, otorgada por los Ministros de la Suprema Corte de Justicia en casos excepcionales. Seguramente otro milagro de la “Virgencita de la Humedad”, como la bautizó Marcos.

Hoy nadie sabe si la “aparición” se mantiene en la vieja cárcel de San José, debajo de la pintura de los techos de la ahora Universidad Tecnológica (UTEC). También se ignora qué será de la vida del Gitano y Marcos en el presente. Lo único que se puede comprobar con certeza al final de este relato, es que el guardia corrupto que ayudó a ocultar al menor de los hermanos en el año 1998, en la actualidad, goza de muy buena memoria.

Por César Reyes

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