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¿Niñas fantasma en San José de Mayo?

Ya pasaron más de seis años desde aquel sábado en el que cuatro pibes de San José de Mayo-Uruguay, después de haber estado reunidos durante un par de horas haciendo “la previa” en la casa de uno de ellos, se subieron en sus motos y se fueron a un pub.

Pasadas las doce y media la noche recién comenzaba. Los cuatro chicos que en aquel entonces tenían entre 19 y 25 años, llegaron al pub, tomaron unas cuantas cervezas y ya alegrones volvieron a salir, esta vez para un baile.

Eran cuatro y viajaban en tres motos. El baile al estaba en la zona norte de la planta urbana de San José de Mayo. Dos de los chicos son hermanos y vivían al sur, saliendo de la ciudad, en el Camino de la Costa. Otro de los integrantes de la barra vive varios kilómetros al oeste de la ciudad, por ruta 11, como quien va para Ecilda Paullier, y el cuarto integrante del grupo residía en el barrio Picada de las Tunas, que queda al noreste de la ciudad, a unas cuantas cuadras de donde estaba el baile.

Los pibes pasaron en el baile un rato largo. Tomaron, “cargaron” a algunas chicas y tomaron cerveza, “como mil” según ellos mismos decían. Ya mareados por el alcohol, cansados de que ninguna mina les diera chance de nada y sin un peso en el bolsillo, decidieron regresar a sus casas.

Se encontraron en la salida, volvieron a subir en sus motos y salieron cada cual para su lado. El que vive en el barrio Picada de las Tunas primero, salió rapidísimo, sin casco y con un escape libre que se escuchaba desde el otro extremo de la ciudad.

Los dos hermanos que vivían para el Camino de la Costa acompañaron unas cuantas cuadras al amigo que vive por la ruta 11, y cuando llegaron al parque cambiaron de dirección, rumbo al sur, para el Camino de la Costa.

Todo era normal hasta ese momento. Eran las 6 de la mañana, aún estaba oscuro y frío, sensación que se incrementaba teniendo en cuenta que ellos salían del baile, un lugar cerrado y con mucha gente.

Cundo los hermanos llegaron a un puentecito, -que se podría decir es lo que separa a la planta urbana de la ciudad con el medio rural- vieron dos niñas corriendo por un campo a uno de los lados del camino. La más chica, de unos 3 años lloraba, y la de adelante, de unos 7, le pedía que dejara de llorar porque las iban a retar.

A los jóvenes de la moto les llamó la atención no haber visto a ningún mayor cerca. Es más, bromearon con que perfectamente esa podía haber sido una escena de una película de terror. Aún estaba oscuro y hacía frío, escenario poco probable para que en él aparecieran dos nenitas caminando por el campo.

Se fueron a acostar y durmieron como angelitos hasta pasadas las doce del mediodía. Después de comer ya tenían previsto ir, como todos los domingos de tarde, al parque Rodó con los otros dos amigos.

Aprontaron el mate y al llegar al parque se encontraron todos, ellos, el que vivía por ruta 11 al oeste de la ciudad y el del barrio Picada de las Tunas.

Empezaron a tomar mate, dar vueltas como giles por las calles internas del paseo público y después de gastar un poco de nafta se pusieron a matear mientras miraban a las chicas que pasaban frente de ellos.

Como todos los domingos hablaron de lo que había sido la noche anterior. Los cuentos no variaban mucho de los anteriores, hasta que el menor de los hermanos dijo: “Pero flor de cagazo nos pegamos con unas gurisas que andaban llorando por el campo”.

En ese momento el del barrio Picada de las Tunas soltó una carcajada, y les respondió: “¿me están jodiendo?”, dado que también él había visto a las dos niñas, pero al final de la Av. Manuel D. Rodríguez; la menor llorando detrás de la que podría ser su hermana, y a ésta última diciéndole que se apurara porque tenía miedo de que las retaran. ¿Quién las retaría? Ni la más pálida idea, porque también estaban caminando solas, pero esta vez por la orilla del río que le da nombre a la ciudad.

Desde el barrio Picada de las Tunas hasta el puentecito donde los dos hermanos habían visto a las niñas está bastante lejos. Es muy llamativo que dos niñas pequeñas, casi a la misma hora estuvieran en dos lugares, pero talvez, por esas cosas locas de la vida, podía ser que se hubieran trasladado tanto en muy pocos minutos.

Hasta acá la razón aún tiene cabida, pero lo raro es que mientras ellos contaban todo, el que vivía en ruta 11, para el otro lado y a varios kilómetros de distancia se empezó a poner blanco y el mate entre sus manos comenzó a enfriarse ya que no tomó ni un sorbo en varios minutos mientras escuchaba a sus amigos. ¿Adivinen? ¡Sí!, este pibe también vio, a la misma hora pero en el otro extremo de la ciudad, a varios kilómetros de distancia rumbo al oeste, a la altura del puente sobre el arroyo Pavón, a dos niñas igualitas a las que se les cruzó a sus contertulios, la más chiquita llorando y la de adelante advirtiéndole que si no se apuraba las iban a retar.

Desde ahí todo fue diferente. Ese domingo la charla terminó antes. El termo con agua para el mate quedó mediado y la incertidumbre de saber qué fue lo que pasó, clavada como una espinita perturbadora en sus memorias, los inquieta hasta hoy.

Por César Reyes

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